En el Chocó la política se volvió una liturgia: se convoca, se llena, se aplaude, se fotografía. Después se pierde. Y se vuelve a convocar.
El error no es menor. El Chocó se está acostumbrando a competir como si esto fuera un campeonato local, cuando lo que está en juego es representación nacional, presupuesto, voz, peso. El departamento sigue pagando la misma factura: mucha operación de tarima y poca operación de curul.
El votante cambió. Cambió de paciencia. Cambió de tolerancia al discurso vacío. Cambió de obediencia.
Senado: Gissela Palacios Mosquera y el riesgo de otro Chocó sin voz
El Senado es cruel con el Chocó. No porque el Chocó no tenga con qué. Porque el Chocó insiste en pelear mal.
Gissela Palacios Mosquera tenía casi todo para armar una campaña distinta: capital social real, credibilidad comunitaria, capacidad logística, y un punto de partida privilegiado para convertir su aspiración en causa departamental masiva. Una causa con convicción, con mensaje repetible, con orgullo territorial. Incluso una causa capaz de tocar una herida estructural del Chocó: la abstención. Una campaña bien conducida habría podido hablarle a la gente que nunca vota, a la que está cansada, a la que siente que siempre gana “el de siempre”, y convertir esa resignación en energía política.
Eso no se hizo.
Lo que se ve es otra cosa: el formato viejo. Líder que “trae gente”, salones llenos, refrigerios, discurso correcto, foto. Actividad hay. Marca, no. Convicción, poco. Causa departamental, difusa.
En diciembre de 2025, ORZA publicó consultorías sobre escenarios partidistas. En el insumo que circula sobre el universo de Alianza Verde – (Partido que encabeza la coalición que avala a Palacios Mosquera), aparecen nombres con opción alta y media alta dentro de esa coalición. Gissela no figura allí. Ese dato no es un ataque; es una señal. La campaña no ha logrado instalarla en el radar competitivo nacional, que es donde se define el Senado.
A eso se suma otra omisión evidente: Gissela llega desde el Partido Demócrata Colombiano, partido con bases afro. Esa pertenencia debió ser palanca y bandera: identidad, representación, narrativa, conversación nacional. Esa herramienta no se siente empujando la campaña. Está ahí, pero no manda.

El resultado es el mismo riesgo de siempre: el Chocó otra vez al borde de quedarse sin interlocución en el Senado, viendo cómo otros deciden y aquí se explica la derrota con frases gastadas, como si fuera inevitable. No lo es. Es método. Y aquí el método está fallando alrededor de una candidata que tenía con qué convertir el “casi” en algo serio.
2) Cámara Liberal: el “liberalismo” Chocoano es Cordobismo, y ahí Vidal está jugando con fuego
En el Chocó, hablar de liberalismo sin hablar de Cordobismo es contar la historia incompleta. El Partido Liberal aquí no es una teoría: es una red de poder, con memoria territorial y capacidad real de mover voto.
Por eso es peligrosa la confianza que rodea a Omar Francisco Vidal. Vidal crece, sí. Y su ventaja se ve: respaldo de gobierno, cercanía con la gobernadora Nubia Carolina Córdoba, recursos y capacidad de mover fichas. Eso da músculo. También produce un espejismo: creer que el poder institucional reemplaza la estructura territorial.
No la reemplaza.
Y Vidal está subestimando a Sandra Palacios Maturana.
Sandra no es una candidatura aislada. Aunque su paso en primera persona por la asamblea fue bastante invisible en materia de gestión. Preso o no, su marido Nilton Córdoba Manyoma sigue siendo —por estructura— una de las fuerzas más grandes del departamento. Ese músculo no desaparece por un expediente. En la política chocoana, la estructura se reorganiza, se delega, se disimula, pero sigue operando.
A eso se suma un punto que muchos intentan narrar como “apagado” para que no estorbe: el representante a la Cámara y exgobernador Jhoany Palacios “Domingo” puede estar en decadencia judicial, pero no lo está políticamente. Sus redes siguen vivas. Su mapa no se borró.
Y hay un dato de origen que frena los triunfalismos del gobierno: a Nubia Carolina no la hizo gobernadora solo el discurso; la hizo gobernadora también una fuerza departamental donde pesaron —en gran parte— Domingo y Córdoba Manyoma. El poder institucional actual nació apoyado en estructuras que siguen teniendo vida propia y capacidad de decidir.
Ahora, Sandra también está cometiendo un error: campaña vieja. Le falta época actual. Le falta presencia moderna. Le falta mensaje repetible. Si Sandra actualiza el método, la elección se calienta. Si no lo actualiza, se desperdicia una estructura que está ahí, lista, esperando dirección.
3) Cámara: Gilder Palacios Mosquera en la zona de choque con Astrid Sanchez Montes de Oca

Aquí hay que escribirlo sin eufemismos: Gilder Palacios Mosquera está en posición de arrebatarle la Cámara a Astrid Sanchez Montes de Oca.
Y para entender por qué, hay que recordar algo que muchos quieren borrar del relato: en las pasadas elecciones territoriales, la desesperada alianza de los Sánchez con Gilder ayudó a los Sánchez Montes de Oca a amortiguar el golpe de la derrota departamental. Las “victorias” intermunicipales que se mostraban como prueba de solidez —alcaldías, acuerdos locales, apoyos— tuvieron en gran parte un componente de alianzas tejidas por Gilder. No eran triunfos producidos en laboratorio netamente de ellos; eran victorias construidas con socios.
Ese detalle importa porque explica el momento actual: Astrid Sanchez Montes de Oca no es una candidatura fuerte por sí sola. Depende, en gran medida, de la estructura familiar: hermanos, operadores, red. Y además, durante estos ocho años, no logró consolidarse como una figura visible en la Cámara. No se volvió referente sostenido. Eso pesa.
En respuesta a esa fragilidad, se cometió un cálculo político típico: armar una lista donde nadie pudiera competirle a Astrid internamente. Eso reduce competencia… pero también reduce vitalidad. Y hay un riesgo que muchos prefieren no decir en voz alta: cuando una lista se diseña para que “nadie le compita”, puede terminar sin el combustible mínimo para alcanzar el umbral. La gente no solo vota por obediencia; también vota por dinámica, por competencia, por sensación de equipo real.
Gilder, en cambio, entendió otra lógica: se movió amplio, se alió incluso con los conservadores, y está en una lista competitiva donde Kevin Mosquera (exdiputado Conservador), se siente en condiciones de competirle. Esa competencia interna no debilita la lista; la fortalece, porque obliga a moverse, activa bases, produce presión y evita el adormecimiento. Una lista “completa” suele ser más peligrosa que una lista diseñada para coronar a una sola persona.
Por eso el tablero cambió. Y por eso minimizar a Gilder en público no cambia el hecho central: la disputa es real y el margen se está moviendo.
El Chocó no cambió de un día para otro. Cambió el votante.
El votante ya no está impresionado por la tarima. Está mirando quién tiene método. Quién tiene conversación. Quién tiene territorio. Quién tiene época.
Y el que no entienda eso, seguirá con la agenda llena… y el tarjetón vacío.